EDICIÓN: Octubre - Diciembre 2010

SA TALAIA · HACIA EL CIELO DE IBIZA

Texto y fotos: Christine Lendt
Casas blancas, cúbicas contra un fondo de azul cobalto: Sant Josep resplandece, seduce a pararse a tomar un café en la plaza de la iglesia o a conversar a la sombra de olivos centenarios. Resistimos, de momento, esta tentación ya que nuestra meta se encuentra más allá, a 475 m. de altura.

El boscoso monte Sa Talaia se eleva, sereno, detrás del apacible pueblo. Es la cumbre más alta de la isla y sus formas, desde lejos, parecen suaves y nada espectaculares. Preguntamos por el camino que lleva hasta allí y que se supone arranca enfrente de la iglesia, en algún lugar detrás del bar Can Bernat Vinya.

El camino serpentea entre paredes de piedras, pasando por huertas asilvestradas, hasta una carretera estrecha. Ahora vemos la señal “Sa Talaia” y tomamos hacia la izquierda. Cruzamos, rodeando casas encantadoras, una zona residencial pintoresca. Encontramos algún que otro pequeño obstáculo en el camino y, donde no los hay, seguimos la llamada del bosque. Pronto desemboca el camino asfaltado en una plaza cubierta de grava. A derecha e izquierda se abre una amplia vista sobre la isla que nos hace presentir las maravillas que nos deparará esta excursión.

Y ahora, ¿por dónde se sigue? Paseamos la vista por la plazoleta y, efectivamente, justo enfrente hay un viejo letrero, apuntalado por rocas, que señala de forma inequívoca la dirección. “Sa Talaia”, lleva escrito, y alguien ha pintado unos escalones que indican el ascenso. Subimos por escaleras naturales y senderos de cabra, pero la cuesta no es demasiado empinada y se puede superar fácilmente. Ahora el camino está señalado por marcas verdes y azules que nos guían a través de la espesura. Una vereda soleada zigzaguea por la ladera y, según remontamos la suave subida, se nos abren vistas cada vez más extensas sobre terrazas de cultivo con olivos y viñas, los nítidos contornos de la costa sur, Cap des Falcó, Porroig, Es Cubells. Durante un breve instante, antes de adentrarnos en las sombras del bosque, vislumbramos nuestra meta, la cima de Sa Talaia. Un rincón idílico invita a un breve descanso. No tenemos prisa, nos sentamos y respiramos el silencio, el aire aromatizado de musgo, líquenes y hojas de pino y el olor a mar que nos llega de la costa.

El luminoso sendero del bosque nos empuja a seguir. Atraviesa en línea recta el pinar y, a nuestra derecha, vemos entre ramas de pinos y sabinas los centelleos azules de la costa oeste. Luego, el camino desciende ligeramente, describiendo una curva hacia la izquierda, y de nuevo se ve, muy cerca ya, la cumbre. En una bifurcación salimos otra vez al sol, tomamos por la derecha siguiendo una valla para luego girar a la izquierda monte arriba. Aumenta la altura y con ella, las vistas. Corre el sudor, el corazón se desboca, pero no importa en medio de tanta belleza. Bebemos mucha agua y sabemos que la meta está cerca.

El camino acaba de repente y ante nosotros se alza un empinado canchal. Y ahora ¿qué? Vemos dos ciclistas en vertiginoso descenso hacia nosotros y olvidamos nuestras dudas pues, si se puede bajar así, también se puede subir. Y efectivamente, tras un corto ascenso que hasta un niño puede superar, el camino vuelve a ser más llano.

Sopla un viento fresco de montaña, el aire ha cambiado. Sólo un breve repecho e Ibiza se extiende a nuestros pies. Las cadenas de suaves colinas envueltas en calima, el paisaje que parece una maqueta, el horizonte perdido en un azul infinito… A nuestra derecha, el sur con Las Salinas y los islotes salpicando el mar hasta Formentera, frente a nosotros, minúsculos en la lejanía, los hoteles de Playa d’en Bossa y, a la izquierda, la bahía de Sant Antoni.

Nos espera otra sorpresa: un pequeño cobertizo se acurruca contra la roca e invita a merendar en la cumbre. ¡Qué bien que hemos sido previsores trayendo bocadillos, cosas para picar e incluso café y magdalenas! Saboreamos nuestro refrigerio con un sentimiento de espacio y libertad y, apoyados en la pared de la cabaña templada por el sol, disfrutamos del panorama. Parece increíble que sólo hayamos tardado una hora en llegar hasta aquí.

Tras el descanso que nos sabe a gloria exploramos los alrededores. En las inmediaciones del cobertizo hay otro pico más pequeño. Es poca diferencia en altura, pero el efecto es fantástico. Las vistas que se tienen de aquí, el punto más alto del Sa Talaia, eclipsan todo lo anterior: Una panorámica casi completa de la isla que llena de paz y tranquilidad. En condiciones óptimas, la vista alcanza hasta Alicante.

Absorbemos la belleza y, llevando un poco de ella con nosotros, emprendemos el camino de regreso con pies ligeros. La bajada es aún más fácil, pero hay que estar precavidos porque la rocalla puede ser resbaladiza.

Sant Josep resplandece más que nunca. Colocamos una mesa de madera al sol, pedimos de beber y conversamos con los lugareños bajo la protectora presencia del Sa Talaia. Nos cuentan que el nombre del monte viene de los tiempos de la ocupación romana y nos explican que hay una manera más fácil para llegar a la cumbre: por el Camí de Sa Talaia, que parte hacia la izquierda desde la carretera a Sant Antoni a unos 700 m. de Sant Josep, se llega allí en coche. Si los hubiéramos sabido antes...

… nos habríamos perdido muchos momentos maravillosos.