EDICIÓN: Agosto - octubre 2018

Historia de Ibiza - 5ª parte: Ibiza en la época romana

Por Emily Kaufman
A medida que Roma extendía su hegemonía sobre el Mediterráneo, Ibiza se adentraba ineludiblemente en su órbita. La Pax romana, establecida con la victoria de Roma sobre Cartago, dejó a las Islas Baleares como los únicos territorios del Mediterráneo occidental sin conquistar. Mientras Mallorca y Menorca retenían su cultura talaiótica, Ibiza continuaba como un satélite de Cartago sin ruptura aparente en la continuidad política. El día a día seguía como en plena época púnica: Tanit todavía regía como diosa principal de la isla (de hecho, su santuario de es Culleram se amplió tras la segunda guerra púnica); el púnico seguía siendo el idioma oficial; la agricultura, la actividad salinera y el comercio prosperaban; y, aún más revelador, Ibiza seguía acuñando su propia moneda – evidencia de una economía robusta. El modus vivendi de la isla, que durante los últimos 400 años, había sido tan buena receta para el éxito, persistía sin mermar. Aquellos idílicos tiempos llegarían a su final, pero no sin un último resplandor. Empecemos con un breve repaso histórico para entender la posición precaria en la que se hallaba Ibiza durante el auge romano.

La segunda guerra púnica empezó en Iberia, cuya cercanía a Ibiza la involucró en el conflicto. De hecho, uno de los primeros actos bélicos fue el intento malogrado de Escipión de sitiar la ciudadela isleña en el 217 a.C. Motivado por su codicia de capturar esta joya mediterránea, el general romano pasó por alto dos verdades evidentes: primero, que Ibiza tenía unas murallas bien macizas y, segundo, éstas estaban defendidas por colonos absolutamente leales. Al tercer día, Escipión se dio cuenta de su error y redirigió su mirada hacia su objetivo principal: la de expulsar a los Cartagineses de Hispania. Tras once años extenuantes, logró subyugar los dominios púnicos peninsulares y establecer a Roma como poder único en Iberia (206 a.C.) Cuatro años más tarde, derrotó a Aníbal en Zama (202 a.C.), ganando decisivamente la guerra pero dejando la ciudad de Cartago intacta.

A raíz de estas convulsiones ¿dónde quedaba Ibiza en el nuevo mapa geopolítico? Pues, en una posición ambigua, pero no totalmente desfavorable. Consideremos los hechos. La isla había resistido al ataque romano y permanecía orgullosamente invicta. Cartago, por otro lado, aún era una ciudad libre y, aunque había sido aplastada militarmente, se repuso económicamente en poco tiempo. De esta manera, las comunicaciones vitales entre Ibiza y su alma máter seguían abiertas, permitiendo que se reiniciara el sistema operativo ante bellum de manera automática. No obstante, las cosas no estaban del todo como antes… estaban mejor. Con mayor volumen de barcos romanos surcando las aguas vecinas, se presentaba un abanico de oportunidades para el comercio y la innovación. Ibiza era una entidad libre, abierta a tratos comerciales de toda procedencia, situación que aprovechó para generar un crecimiento económico espectacular.

Pero por desgracia volvió la guerra. La tercera y última guerra púnica fue corta y brutal. Comenzó en el 149 a.C. con una invasión romana no provocada en el norte de África y terminó tres años más tarde con la destrucción total de Cartago. Ahora sí que Ibiza estaba sola. Su alma máter había sido arrasada y todos sus habitantes matados o esclavizados. ¿Cuál sería el destino de la última ciudad púnica del Mediterráneo, concretamente Ibiza? Respuesta: una breve prosperidad seguida por unos siglos de miseria prolongada. Como territorio invicto, Ibiza fue tratada – inicialmente – con respeto, pues Roma comprendía su gran potencial comercial e intentó cultivarlo. Los arqueólogos Benjamí Costa y Jordi Fernández explican lo poco que se sabe respeto a la incorporación de la isla al dominio romano: «En una fecha desconocida, Ibiza llegó a ser una ciudad federada de Roma. Esto implicaba sumisión al estado romano a cambio de una relativa autonomía interna y la desintegración gradual de las estructuras socio-económicas púnico-ebusitanas para sumarse a las romanas». La tecnología romana trajo avances en varios sectores y, durante más o menos un siglo, Ibiza continuó en su auge económico. La agricultura fue una de las áreas que más se beneficiaba de las innovaciones, sobre todo respeto a la extracción del aceite de oliva. Este proceso laborioso fue optimizado por la introducción de enormes piedras de molino que hacían el trabajo preliminar de separar la fruta de la aceituna del hueso. La pulpa conseguida luego se ponía en una prensa con contrapesos diseñados a exprimir el máximo de aceite. El proceso de moler grano para conseguir harina también mejoró gracias al uso de piedras de molino biónicas. Por norma, la reforma agraria romana ampliaba los sistemas de regadío de cualquier región donde se implantaba, e Ibiza no habría sido una excepción a esta práctica. Las exportaciones isleñas en este periodo eran el vino, el aceite de oliva, la sal y la miel, con los higos secos y las pasas seguramente completando la lista.

En cuanto a la pesca, tanto los métodos de captura como los de procesamiento se optimaron, convirtiendo a Ibiza en un importante centro piscatorio. El arte de pesca con almadraba – un sistema que utiliza un laberinto de redes, ya en uso en tiempos púnicos – fue continuado e intensificado bajo los romanos. Cardúmenes enteros de atún y otros peces grandes se canalizaban a través de las redes directamente hasta los barcos. Debido a la copiosa población de peces del Mediterráneo antiguo, no se necesitaba la totalidad de cada captura. El excedente se guardaba en recintos acuáticos, uno de los cuales se ubicaba cerca de Santa Eulària, donde se procesaban el garum (salsa de pescado) y la salazón, tanto para el consumo local como para la exportación. Un tercer sector que prosperaba durante los inicios del periodo romano era la cerámica. Las cosechas tan abundantes de tierra y mar requerían cada vez más recipientes para transportar los productos a mercados lejanos. Las ánforas, las vasijas de embalaje por excelencia en esa época, se fabricaban en mayor cantidad, al igual que la vajilla y el menaje. Otros enseres de cerámica producidos en la isla eran pequeños tarros para la cosmética, especialmente aceites perfumados, jarrones decorativos y urnas funerarias para contener las cenizas de los difuntos.

Esta época dorada duró aproximadamente desde el 25 a.C. hasta el 75 d.C. Pero la luna de miel con Roma terminó abruptamente. En el 74 d.C., el emperador Vespasiano concedió el derecho Latino a todos los territorios que todavía no estaban bajo la jurisprudencia romana directa. Esto significaba que Ibiza se convertía en municipium de Roma en lugar de ciudad aliada pero autónoma. Con todas las nuevas tierras que Roma iba adquiriendo, la isla pronto perdió su atractivo y cayó en el olvido, o, como ironiza Benjamí Costa, «Ibiza murió de normalidad». Las vastas redes comerciales de Roma favorecían a los proveedores grandes, dejando de lado a los pequeños productores. Ibiza simplemente no pudo competir con las nuevas exigencias del mercado, una situación comparable a la riña actual entre las tiendas familiares y las de grandes superficies. Hacia el final del primer siglo d.C., la recesión se hizo palpable y las fincas más grandes de la isla fueron abandonadas. La agricultura menguó hasta convertirse en una actividad de mera supervivencia, desempeñada por familias individuales, a menudo sobre suelo alquilado. Sin la protección divina de Tanit, cuyo santuario de es Culleram se había derrumbado ominosamente el siglo anterior, Ibiza empezó su descenso hacia una época oscura y vulnerable. •