EDICIÓN: Agosto - octubre 2017

¿Estamos enganchados a nuestros móviles?

Jerry Brownstein
Lo habrás visto infinidad de veces: un grupo de amigos o familiares se sientan en su mesa del restaurante, y uno a uno van sacando los móviles hasta que llega la comida. Entonces sacan fotos de los platos, y siguen mirando el teléfono de forma repetida mientras comen.
Otra visión muy frecuente son personas que van pegadas a sus pantallas y prestan poca atención a lo que les rodea, incluso en calles ajetreadas, yendo en bici o incluso ¡al volante del coche! Estas escenas se han convertido en clichés de nuestra relación disfuncional con la tecnología. Y sin embargo la mayoría de las personas son tan solo vagamente conscientes de que estar tan conectadas al móvil es de hecho una forma de adicción... una adicción que les desconecta de lo que es real e importante en sus vidas. Según Nancy Colier, autora de ‘The Power of Off’ (el poder de apagar): «La única diferencia entre la adicción al teléfono y otras adicciones, al alcohol o las drogas, es que se trata de un comportamiento socialmente aceptable. El acceso casi universal a los teléfonos móviles, que empieza a edades cada vez más tempranas, está transformando a la sociedad moderna de diferentes maneras, que pueden tener efectos en nuestra salud física y mental, desarrollo neurológico y relaciones... por no hablar de la seguridad en nuestras carreteras y aceras».
Tal vez el hecho más asombroso sea que esta adicción haya conquistado el mundo tan velozmente. Cuesta creerlo pero, hace tan solo siete años, casi nadie tenía un smartphone. El primer iPhone fue introducido a algunos forofos iniciales a finales de 2007, y el primer teléfono android fue vendido en 2009. En 2010, tan solo un pequeño porcentaje de personas tenía estos aparatos... y ahora todo el mundo, hasta tu abuela, tiene uno. El motivo es bastante evidente: los smartphones son fantásticos. Los llamamos ‘teléfonos’ pero en realidad son mini-ordenadores con un increíble rango de aplicaciones que van mucho más allá de hacer o recibir llamadas de teléfono. El acceso desde el teléfono a internet te ofrece respuestas a casi cualquier pregunta que te puedas plantear en cuestión de segundos, y la ingente variedad de aplicaciones o apps disponibles roza la magia. Tal vez lo más importante sea que podemos conectarnos al instante con otras personas a través de mensajes, voz, fotos y vídeos.

Un smartphone te coloca el mundo en la palma de la mano, lo que puede hacer que tu trabajo sea más sencillo y tu tiempo libre mucho más entretenido... pero resulta también adictivo. Los estudios muestran que la mayoría de las personas comprueba su teléfono más de cien veces al día, y que la gente joven (de entre 18 y 24 años de edad) intercambia una media de 110 mensajes al día. Más de la mitad de los usuarios dice que «no podría vivir sin su smartphone», y algunos dicen que preferirían renunciar al sexo que al móvil. Varias ciudades han instalado semáforos en las mismas aceras para que los ‘zombies con smartphone’ (esos que nunca levantan la vista del móvil) sepan cuándo detenerse sin ser atropellados. Demasiada gente se ha vuelto ya esclava del aparato que se supone que nos iba a liberar para tener más tiempo para disfrutar de la vida y de nuestros seres queridos. En lugar de ello, nos encontramos constantemente bombardeados con timbres, alarmas y soniditos que nos avisan de mensajes que sentimos la necesidad de visionar y responder de forma inmediata. En palabras de un experto en interacciones sociales: «La mayor parte de las veces que las personas miran al móvil, están perdiendo atención con algo que en realidad importa poco».

Aquí tienes una pequeña prueba para ver si estás enganchado. ¿Por la mañana, lo primero que haces es encender el móvil, o incluso lo dejas encendido toda la noche? ¿Sacas fotos de lo que comes (en lugar de simplemente disfrutarlo)? ¿Levantas el móvil en el aire para sacar fotos o videos de cada evento al que vas (en lugar de estar allí plenamente)? ¿Utilizas un palo selfie? ¿Miras el teléfono cuando vas caminando por la calle o, Dios no lo quiera, mientras conduces? Estas son todas señales de una adicción que te evade de la vida real y te mantiene perdido en las fantasiosas distracciones de una pequeña pantalla... y esta adicción no es ningún accidente. Al igual que las empresas tabaqueras lograron intencionadamente que la gente se enganchara a la nicotina para incrementar su volumen de negocio, las empresas tecnológicas tienen astutas maneras de engancharte a los clicks... porque cada click tuyo es más dinero en su bolsillo.

La mayoría de las apps han sido diseñadas específicamente para ser atractivas. Se te impulsa a mirar el whatsapp, messenger, instagram, snapchat, enviar un tweet, o mirar a ver cuántos ‘me gusta’ tienes en Facebook, etc... y cada vez que lo haces, las empresas tecnológicas ganan dinero. Se llama ‘La economía de la atención’ porque estas empresas compiten por nuestra atención. Es importante comprender que no somos los clientes de Facebook y otras apps. Sus clientes son los anunciantes... y nuestra atención es el producto que necesitan venderles a esos clientes. La mejor manera de mantener tu atención es hacerte adicto a la posibilidad de recibir un premio. Hacer click sobre una app es como tirar de la palanca de una tragaperras. La gente sigue metiendo monedas con la esperanza de que la siguiente tirada les dará premio. De la misma manera, comprobamos todo el rato las apps esperando ver algo bueno: un ‘like’, una foto guay, un mensaje, etc... No siempre te da algo bueno, pero el siguiente zumbido o sonido te tienta a volver a mirar porque estás enganchado a la posibilidad de ‘ganar’. Por tanto, ¿qué podemos hacer respecto a esta adicción?

Algunos expertos recomiendan que moderar nuestras vidas digitales es la mejor manera de seguir conectado sin ser adicto. Puedes empezar reconociendo cuánto del teléfono necesitas realmente para el trabajo o para la comunicación esencial, qué partes son meros hábitos de responder, postear y distraerse. Hazte consciente de lo que es realmente importante en tu vida, y haz cambios que reflejen esa consciencia: apágalo mientras comes... o con amigos... o caminando por la calle. Esta es una forma sensata de devolver un equilibrio a tu vida. Por otro lado, podrías sencillamente dejarlo. Cada vez más gente está haciendo esto, incluyendo una mujer que escribió un interesante blog sobre su experiencia.

Ella es una diseñadora gráfica que estaba totalmente apegada a su móvil por trabajo y por placer. Su adicción era total, e incluía comprobar constantemente sus mensajes y redes sociales, jugar juegos con apps e incluso dormir con el móvil. Un día finalmente se dio cuenta de que no le gustaba el hecho de que cualquiera, por cualquier motivo, pudiese interrumpir su vida, así que decidió dejar de usar un smartphone. Describe su nueva vida así: «Contraté una línea fija y ahora puedo dormir más. Estoy menos distraída y menos accesible. No se me puede molestar a no ser que yo quiera. Miro a la gente a los ojos. Como comida en lugar de fotografiarla, y no estoy al volante de media tonelada de metal en pleno tráfico mientras miro mi pantallita. Resulta que la conexión básica con mi ordenador portátil es más que suficiente. Hay docenas de formas de comunicarse conmigo, entre el mail y las redes sociales, y los miro cuando me va bien a mí. Es tan liberador como la primera noche de unas vacaciones. Me alegra haber vuelto al mundo. Desde luego que es mucho mejor que estar pendiente del siguiente aviso que me confirme que existo». •