EDICIÓN: Abril - junio 2017

Evolución Cuántica

Jerry Brownstein
Charles Darwin fue un científico rompedor que ayudó a expandir nuestra comprensión de la evolución. Su idea de que las especies se desarrollan a lo largo del tiempo a través de alguna forma de selección natural supuso un paso adelante significativo... pero no más que eso... un mero paso. Fue una teoría que rompió con el bloque de las creencias religiosas caducas respecto al creacionismo, pero para nada debe tomarse como una conclusión final. El concepto de la selección natural a través de mutaciones accidentales al azar fue un punto de partida... y debería haber evolucionado según iban apareciendo pruebas que desmentían algunos de sus detalles. Y, sin embargo, aquí estamos 150 años después: a pesar de sus muchas y evidentes carencias, sigue siendo un concepto aceptado por la ciencia convencional y enseñado en nuestras escuelas. Y lo que es más importante, esta teoría y sus fallos han tenido una influencia negativa en los valores y actitudes de nuestra sociedad. Es hora de una mirada avanzada sobre la evolución, que ofrezca mejores respuestas a las eternas preguntas sobre de dónde venimos y por qué estamos aquí.
 
La base de la teoría de Darwin explica que todos los cambios físicos se dan por mutaciones genéticas accidentales que suceden totalmente al azar. He aquí cómo se supone que funciona: a través del ciego azar, un miembro de una especie sufre una mutación en su ADN que resulta ser útil para su supervivencia. Esta característica es transmitida a su descendencia que, al estar tanto mejor adaptada a la vida, se convierten en los nuevos Adán y Eva de una nueva rama de la especie... y que durante millones de años pervive por encima de las demás. Se supone que hemos de creernos que eso sucede para cada uno de los cambios evolutivos importantes... pero de alguna forma no encaja. La parte del Darwinismo que no tiene ningún sentido es la insistencia en que esos cambios suceden al azar y de forma accidental... pero no siempre fue ese el argumento.
 
Jean-Baptiste Lamarck fue el primero que expresó el concepto de evolución, pero lo vio como un proceso adaptativo en lugar de una serie de accidentes biológicos. En 1801 (58 años antes de la teoría de Darwin), Lamarck presentó su “Teoría de la Herencia de Características Adquiridas”, que afirmaba que las especies evolucionan como reacción a cambios en su entorno. La base de su teoría es la idea de que todas las especies tienen un impulso evolutivo innato hacia la supervivencia y el desarrollo. Cuando algo del entorno amenaza su existencia, la especie entera desencadena una búsqueda de nuevas combinaciones genéticas que superen la amenaza. Una vez encontradas, estas variaciones beneficiosas intencionadas son trasladadas a las siguientes generaciones. El proceso es similar a la evolución Darwiniana, pero con una diferencia crucial: las variaciones genéticas no son accidentales, sino que forman parte íntegra del mecanismo de supervivencia de la especie.
 
Hoy en día, la teoría de Lamarck se denomina “Evolución Cuántica”. Para percibir cómo difiere del Darwinismo, veamos un ejemplo sencillo. Supongamos que una especie ha de adaptarse a temperaturas significativamente más frías. Según Darwin, tendrían que esperar, tal vez millones de años, hasta que por casualidad alguno de ellos experimentara el feliz accidente de una mutación genética que favoreciera un mayor crecimiento de pelo. Entonces, tendrían que esperar que este afortunado ganador de la lotería genética sobreviviera el tiempo suficiente para legar esa mutación a sus descendientes. Incluso superados esos obstáculos desalentadores, aún se tardaría otro millón o así de años para que esta mutación, que supondría tener pelo largo y brillante, se extendiese ampliamente entre sus congéneres. Todo ello, suponiendo que hubiesen podido sobrevivir tanto tiempo a esas temperaturas más frías. Si todo ello sucediera, entonces la especie se habría adaptado a su entorno... pero solo gracias a la ciega e improbable fortuna.
 
En la Evolución Cuántica, la misma situación desencadenaría que toda la especie empezase a buscar al momento la solución a la amenaza existencial en cuestión. Todos sus cuerpos empezarían a producir mutaciones genéticas en un enorme proceso de ensayo y error, que rápidamente conduciría a nuevas combinaciones genéticas que producen pelo/calor. Esta nueva característica se transmitiría a las siguientes generaciones, no solo a partir de un afortunado mutante, sino a partir de numerosas adaptaciones exitosas. Claramente, la teoría de la Evolución Cuántica produce resultados que son infinitamente más veloces y eficientes que la alternativa Darwiniana... y tiene mucho más sentido.
 
En 1988, el laureado geneticista John Cairns publicó resultados que demostraban la teoría de la Evolución Cuántica. Sus experimentos con bacterias demostraban de forma fehaciente que las mutaciones en pos de la supervivencia emergían como respuesta directa a una amenaza en el entorno. Los resultados de la investigación de Cairns han sido replicados con éxito una y otra vez. Sin embargo, la ciencia convencional aún quiere que creamos el mito Darwiniano de que todos los cambios son accidentales y al azar. Lo que es realmente extraño es cómo, a pesar de aferrarse al dogma Darwiniano, nos dicen todo el tiempo lo rápidamente que se adaptan los virus y las bacterias a los cambios en su entorno. Leemos en los medios que las “súper-bacterias” son tan activamente adaptativas que pueden cambiar su ADN rápidamente para hacer inútil cualquier nuevo antibiótico. Con cada “alarma por epidemia” (gripe aviar, Zika, etc) se nos dice que los virus pueden migrar entre especies y hacer todo tipo de trucos para adaptarse. Estas bacterias y virus no tienen que esperar millones de años para desarrollar accidentalmente medidas para defenderse del último medicamento, sino que se adaptan con rapidez. Parece que hay una desconexión entre lo que dice la ciencia sobre la adaptación a la enfermedad y su devoción irracional por el Darwinismo.
 
¿Y por qué es importante todo esto? Porque la ciencia convencional nos ha llevado a creer que somos motas insignificantes de materia, mero resultado de un azaroso accidente biológico. Según esta teoría, nuestro único objetivo en la vida es competir unos con otros por sobrevivir... transmitir nuestros genes y después morir. Esta herencia de Charles Darwin ha influenciado con fuerza todos los aspectos de nuestra existencia, y es en gran medida responsable de la situación crítica a la que nos enfrentamos hoy. Económicamente, luchamos unos con otros en lugar de cooperar. Políticamente, aspiramos al poder en lugar de trabajar por el bien común. Ecológicamente, malgastamos los recursos y destruímos nuestro hermoso planeta. Sociológicamente, nos sentimos cada vez más solos porque hemos perdido nuestro sentido de unidad. Si seguimos por el callejón sin salida del Darwinismo, nunca avanzaremos hacia nuestro pleno potencial humano.
 
La Evolución Cuántica nos cuenta una historia diferente. Nos muestra que, al nivel más profundo, comprendemos instintivamente que lo que nos afecta a uno nos afecta a todos. Cuando nos enfrentamos a una amenaza, nuestros cuerpos se adaptan y evolucionan, trabajando juntos para encontrar soluciones. Esta es nuestra esencia... nuestro impulso evolutivo natural... es enfrentar nuestros retos uniéndonos. Comprender esto nos hace darnos cuenta de que nuestra existencia no es azarosa ni accidental... al contrario... es a propósito... y con propósito. Ese propósito es continuar desarrollando nuestra consciencia para que la especie pueda alcanzar su pleno potencial. Tal evolución de la consciencia humana sucederá (como sucede con toda la evolución) a través del proceso de adaptación interna. Según vayamos más y más personas eligiendo elevar nuestra consciencia individual, la Humanidad irá evolucionando hacia ese «mundo más hermoso que nuestros corazones saben que es posible».

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