EDICIÓN: Diciembre - Febrero 2016

El auge de la economía colaborativa

Jerry Brownstein


 
Tan solo anoche, unas cuarenta mil personas alquilaron su alojamiento a través de un servicio que ofrece 1,5 millones de habitaciones en 35 mil ciudades de 194 países. Eligieron sus habitaciones en internet y pagaron todo online… pero estas camas no fueron reservadas por una cadena de hoteles ni una agencia de viajes. Todas ellas fueron ofrecidas por individuos privados que utilizan Airbnb, una empresa con base en San Francisco que vincula a huéspedes e invitados por todo el mundo. Se trata del ejemplo más prominente de la nueva y enorme “economía colaborativa”, en la que la gente alquila camas, coches, barcos y otros bienes directamente de otras personas a través de plataformas que se coordinan en internet. El concepto tras la economía colaborativa es sencillo: una persona tiene un bien que no está utilizando, y se conecta a través de internet con alguien que lo necesita. En el caso de Airbnb, ese bien es una habitación o piso vacío, y la persona que lo necesita es un viajero.
 

 
La esencia de este nuevo tipo de economía se basa en darle a la gente la posibilidad de compartir bienes y servicios de forma fácil con otras personas, en lugar de tener que comprarlos o alquilarlos comercialmente. Puedes pensar que esto se parece a actividades más tradicionales como quedarse en un bed-and-breakfast, ser propietario de una multipropiedad o compartir coches. Sin embargo, la gran diferencia es que los avances tecnológicos han hecho que compartir los bienes sea mucho más fácil y menos caro, y es por ello que la economía colaborativa ha podido expandirse con tanta rapidez. Antes de internet, alquilar una tabla de surf, una herramienta eléctrica o un espacio de parking de otra persona era factible… pero normalmente era tan engorroso que no merecía el esfuerzo. Ahora, webs para compartir como Airbnb y muchas otras emparejan a dueños y usuarios en torno a habitaciones, coches, equipos… casi cualquier cosa. Se ha convertido en fácil y sencillo gracias a la enorme cantidad de datos que están disponibles a través de la tecnología moderna.
 

 
Todas las comunicaciones y acuerdos se hacen a través de internet y los sistemas de pago online manejan el dinero. Los smartphones con GPS permiten a las personas ver dónde está aparcado el coche alquilable más cercano, o lo cerca que está un conductor que les pueda llevar a su destino, gracias a apps como Uber. Internet también ayuda enormemente a integrar el elemento de la confianza en el sistema. Las compañías colaborativas hacen chequeos de todos los participantes, y a éstos se les potencia gracias a las evaluaciones y puntuaciones de los propios usuarios, emitidas por ambas partes implicadas en cada transacción. Esto hace que sea más fácil para los nuevos usuarios ver quién es fiable y fácil de tratar; qué conductores son seguros y corteses; qué apartamentos son limpios y cómodos; qué anfitriones fueron considerados y honestos; etc., etc... Utilizando Facebook y otras redes sociales, los participantes también pueden chequearse entre sí e identificar a amigos (o amigos de amigos) en común.
 
De la misma manera que las empresas entre iguales como eBay permitieron que la gente normal se convirtiera en vendedora, las webs colaborativas permiten que personas individuales actúen como servicio de taxi, empresa de alquiler de coches, hotel con encanto o lo que sea. Lo único que has de hacer es darte de alta online y descargarte la app correspondiente. El auge de la economía colaborativa se parece a lo que sucedió con las compras online hace unos 15 años. Al principio a la gente le preocupaba la seguridad, pero después de realizar con éxito algunas compras con empresas serias como Amazon, se sintieron seguros comprando a través de otras empresas de ventas online. De forma similar, cuando la gente utiliza Airbnb o un servicio para alquilar un coche por primera vez con resultados positivos, les anima a probar otras plataformas colaborativas.
 

 
Este modelo colaborativo funciona mejor con artículos que son caros de comprar y que mucha gente tiene pero sin hacer un uso completo de ellos. Las habitaciones y los coches son los ejemplos más evidentes, pero puedes también alquilar espacios para acampar en Suecia, campos de cultivo en Australia y lavadoras en Francia. Como les gusta decir a los defensores de la economía colaborativa, «el acceso supera a la propiedad». Internet hace que también sea más fácil para las empresas alquilar espacios de oficina que les sobran o máquinas en reposo, pero el corazón de la economía colaborativa son personas que se alquilan cosas entre sí. Este “consumo colaborativo” tiene diversos beneficios positivos. En primer lugar, los dueños sacan dinero alquilando bienes infra-utilizados. A la vez, quienes alquilan pagan menos que si tuvieran que comprarlos ellos mismos o si los alquilaran de un proveedor tradicional como un hotel o una empresa de alquiler de coches (y es que no es de extrañar que muchas empresas colaborativas arrancaran durante la crisis financiera).
 
Además ofrece evidentes beneficios ambientales. Por ejemplo, compartir el coche de alguien cuando lo necesitas, en lugar de ser propietario de uno, significa que se requieren menos coches y menos recursos dedicados a fabricarlos. Esta lógica es aplicable a casi todos los bienes que se comparten. Un ejemplo perfecto es el típico taladro doméstico. Casi todos los hogares tienen uno, y sin embargo, a no ser que te dediques muchísimo al bricolaje, apenas lo usas. Tiene mucho más sentido tener esta herramienta disponible fácilmente por un precio razonable los pocos días al año que necesitas usarlo.
 

 
El crecimiento explosivo de la economía colaborativa ha atraído muchísima atención, dado el potencial que ofrece para cambiar la forma en que hacemos negocios. Gran parte de esa atención es positiva, pero también ha habido considerables resistencias por parte de los proveedores tradicionales. Uber es una empresa enorme que facilita que la gente consiga un traslado en coche a través de conductores privados. Este servicio colaborativo ha tenido muchísimo éxito en muchas ciudades del mundo, pero en algunos países europeos, y sobre todo aquí en España, ha sido cerrado debido a las presiones ejercidas por las compañías de taxis. De forma similar, en Amsterdam la administración está utilizando los listados en Airbnb para localizar hoteles sin licencia. Debido a que esta nueva forma de comercio ha crecido tan rápidamente, la capacidad de los gobiernos para regular y controlarla no ha podido seguirle el ritmo. Está claro que tiene que haber normativas que protejan a los consumidores, pero de igual forma no es deseable que se estrangule la misma libertad que hace que la economía colaborativa sea tan flexible, conveniente y económica. Esperemos que los gobiernos del mundo encuentren la forma de regular este mercado con mano suave y sensible. La economía colaborativa es el ejemplo más reciente del valor que tiene internet para los consumidores y, bien desarrollada, tiene un inmenso potencial para contribuir a crear un mundo más sostenible y agradable. •