EDICIÓN: Junio - Agosto '09

CARLOS SANSEGUNDO

Jordi Canut Martin
Carlos Sansegundo
New York • Ibiza • New York

Polifacético, ecléctico, camaleónico, pero ante todo moderno y abstracto... ¿Cómo definir a un trotamundos llamado Carlos Sansegundo, que además de pintor es escultor y diseñador?














Pocos como él pueden presumir de haberse codeado con los más grandes, de haber participado en los movimientos artísticos más vanguardistas de Europa y del otro lado del charco, hasta de haber renunciado a un negocio millonario con Pierre Cardin. Y es que este artista inquieto y cosmopolita por excelencia vive entre nosotros. Tras muchas idas y venidas, Sansegundo fijó hace más de diez años su residencia en Santa Eulària. Y eso, sin lugar a dudas, es todo un honor. Ataviado con unos vaqueros, zapatillas de deporte y una gorra de béisbol que le dan un aire rabiosamente yankee y juvenil, a sus 78 años el artista nos relata sin pudor y con gran sencillez sus andanzas por el mundo.

Hijo de un comerciante aficionado al arte, ya de niño Sansegundo manifestó grandes dotes para la pintura. Con dieciocho años dejó su ciudad natal, Santander, y se trasladó a Madrid con una beca para estudiar en la escuela de bellas artes de San Fernando. Allí empezó a formarse, pero le faltaba estímulo y en 1953 marchó a París, donde llegó a exponer junto a los más grandes: Picasso, Miró... En 1956, el maestro escultor Henry Moore le ofreció trabajar con él en su taller, en la campiña inglesa. Como ha hecho siempre cuando el destino le ha tentado, Sansegundo no vaciló en aceptar y aunque sólo estuvo unos meses, asegura que Moore le enseñó mucho. De regreso a Madrid, solía frecuentar el Café Gijón, punto de encuentro de muchos artistas. Camilo José Cela fue uno de sus amigos de la época. Una tarde, el que sería premio Nobel se fijó en un automóvil que se detenía y del que descendió una mujer despampanante. Parecía extranjera. “Oye”, le dijo Cela, “tú sabes inglés, ¿no? Pues ¡ataca!”. Sansegundo se acercó a la elegante dama y le preguntó si era norteamericana. Aquella noche terminaría cenando en el mejor restaurante de Madrid y unos días después llegaba a Ibiza por primera vez. A principios de los años 60, la isla era un hervidero de cultura, un refugio para muchos artistas europeos y americanos que ansiaban escapar de la grisácea rigidez de la mentalidad de posguerra. Aquella efervescencia fascinó al joven pintor y decidió instalarse en una casita junto a la enigmática nor-te-americana, en Es Vivé. Sansegundo pronto se unió al grupo “Ibiza 59” y participó en diversas exposiciones en la ya mítica galería “El Corsario”, en Dalt Vila. Según sus propias palabras, quedó “con la boca abierta” al constatar el ambiente vanguardista que reinaba en la isla y “que no había visto ni en París, ni en Londres, y mucho menos en Madrid”. El artista recuerda con nostalgia aquel tiempo pasado.

Pero de nuevo un acontecimiento inesperado cambiaría el rumbo de su vida. Durante una exposición en el Museo de arte moderno de Madrid, un acaudalado galerista neoyorquino le ofreció comprarle todos sus cuadros. Sansegundo aceptó y a los dos meses recibía una invitación para exponer en la Gran Manzana. La familia Matutes le echó una mano con el traslado de las obras hasta Barcelona y de allí el pintor se embarcó rumbo a los Estados Unidos. Lejos estaba de imaginar que tardaría en volver. Nada más llegar, Sansegundo conoció a Ruth Kligman, la directora de la Washington Square Gallery, en Greenwhich Village, una de las galerías de arte más prestigiosas. Aturdido por la belleza de aquella doble de Elizabeth Taylor, Sansegundo no dudó en proponerle matrimonio allí mismo y al mes y medio, Andy Warhol se convertía en el padrino de boda. Una vez más, Sansegundo se introducía en el ambiente artístico más moderno de la mano de una bella mujer. Su amistad con de Kooning o Rothko y el Pop Art de Warhol y de sus amigos de “The Factory” dejaron una huella indeleble en su dilatada obra. “Mucho color, dimensiones y relieves, eso sí, sin perder nunca el equilibrio cromático”, afirma.

Carlos Sansegundo ha estado casado tres veces y tiene dos hijos. Parece haber disfrutado de la vida haciendo lo que más le gusta: plasmar con sus manos las formas y colores que desde su infancia habitan su mente.






Texto: Jordi Canut Martin
Fotos: Alberto Rodrigáñez Pedroche